Homilía para la Fiesta del Bautismo de Jesús.
9 Enero 2.005
Lectura: Is 42,5a.1- 4.6-7; Evangelio: Mt 3,13-17;
Autor: P. Heribert Graab S.J.
“Se abrió el cielo…”
Lo hemos escuchado en el Evangelio,
además hemos cantado el Canon;
desearíamos creer este mensaje con mucho gusto;
y, sin embargo, a muchos de nosotros
nos parece que el cielo está cerrado.
Continuamente tenemos la impresión,
de que Dios calla
o es impotente
para dar un giro a la miseria de este mundo.

Pero como cristianos celebramos la Epifanía,
celebramos la “manifestación de la gloria de Dios”,
la manifestación de Su amor y justicia
en medio de este mundo.
Este misterio es incluso origen
del contenido nuclear de la fiesta de Navidad.
Para los cristianos de los primeros siglos
no estuvo en el primer plano
el Nacimiento insignificante de Jesús
en un establo ante las puertas de Bethlehm,
sino precisamente el misterio teológico
de la Epifanía de Dios.
Conforme a esto el verdadero Evangelio de la fiesta era
el relato del Bautismo de Jesús en el Jordán:
“Se abrió el cielo...
Y una voz del cielo dijo:
Éste es mi Hijo amado.”
El abismo entre cielo y tierra
se ha salvado.
Dios mismo ha aparecido como ser humano
en medio de nosotros.
Ya nada es como fue antes.

También en otros textos del Evangelio
los primeros cristianos vieron
confirmada esta experiencia de fe:
- En la estrella de los Magos de Oriente,
que anunciaba el acontecimiento
que cambiaría el mundo.
- En aquel “primer signo”, que Jesús obró
en las bodas de Canaa,
y cuya consecuencia fue
que sus discípulos creyesen en Él.
- Y naturalmente también en el cielo que se abre
sobre los pastores de Bethlehem
y en el alegre mensaje del ángel
y en el canto jubiloso del mensaje:
“Gloria in excelsis Deo...”
“¡Gloria a Dios en las alturas
y paz a los hombres por Su gracia!”

Aún en nuestros días se escuchan todos estos Evangelios
en el ciclo festivo navideño
y el Evangelio del Bautismo de Jesús
concluye hoy este ciclo festivo:
Celebramos hoy otra vez la Epifanía.

En el Bautismo de Jesús,
que es algo así como un preludio
de Su actuación pública,
ya se pone ante la mirada toda Su vida:
Su revelación de Dios como Padre amoroso;
Su mensaje que trastoca el orden de los seres humanos y del mundo,
y cuyo punto culminante está en el Sermón de la Montaña;
Su comprensión de la justicia amorosa;
Su dedicación a los pequeños, a los pobres,
a los venidos a menos;
Su actuar curativo
y Su entrega que perdona a los pecadores.

En el Bautismo en el Jordán – así lo anuncia el Evangelio –
ve Jesús al Espíritu de Dios descender sobre Él como una paloma.
En esto se halla una alusión a la historia de la Creación:
“La tierra era (aun) caos y confusión,
obscuridad por encima del abismo
y el Espíritu de Dios flotaba en el aire ¡“aleteaba”! sobre las aguas.”
Con esta alusión caracteriza el Evangelio de hoy
el acontecimiento del Jordán como el comienzo de una nueva Creación,
como después se bosqueja detalladamente en la vida de Jesús hasta Su muerte en Cruz.
Por la Epifanía de Dios en Jesús
toma forma concreta aquella nueva Creación,
que ya había sido prometida desde siempre por medio de los profetas:
“Él trae a los pueblos el derecho.
Él ni grita ni hace ruido...
La caña doblada se quiebra. Él no,
el pabilo que arde débilmente se apaga, Él no.
Él trae verdaderamente el derecho”.

Él no sólo anuncia una nueva Alianza de Dios
con Su pueblo.
Él mismo es esta nueva e irrevocable Alianza.
Él no se refiere sólo a la luz –
Él mismo es Luz para los pueblos.
Él abre los ojos ciegos.
Él conduce a los prisioneros fuera de la cárcel.
Él libera a todos los que se hallan en la obscuridad.

En verdad en todo esto aparece la gloria de Dios,
y se hace visible y experimentable para los que
tienen ojos para ver,
y orejas para oír.
Y precisamente éstos se han abierto continuamente
 – desde aquellos días del Jordán –
a seguir a este Jesús y
a cooperar con Él en el “Reino de Dios”, es decir, en la nueva Creación.

En Su Nombre también nosotros somos bautizados
y por ello llamados a Su seguimiento.
No puede ser,
que nosotros nos quejemos de la obscuridad de este mundo y del cielo cerrado.
Nuestra vocación es
para descubrir el cielo de Dios en cualquier parte
donde se abra a nuestros ojos sólo una fisura de él.
Nuestra vocación es
para ser luz en toda obscuridad
y para encender la Luz de Cristo en los corazones
de los seres humanos.
Nuestra vocación es
para vivir el Reino de Dios y su justicia
aquí, en este mundo –
y esto con todas las consecuencias personales
y también con todas las políticas.
Amén.
Taufe Jesu